Viajes

Las Vegas, Caesars Palace y luces de neón

Pin
Send
Share
Send


¿Quién nos lo iba a decir cuando siempre lo vimos tan lejano e inalcanzable? Nuestro paso por Hawaii terminaba pero se abría ante nosotros un mundo de luces de neón y juego, una ciudad en medio del desierto, y uno de los hoteles más impresionantes en los que nunca nos hemos alojado, el Caesars Palace de Las Vegas.


Antes, hoy era nuestro último día en esta isla paraíso, modernizado y civilizado pero al fin y al cabo paraíso, ya que como todos sabemos Hawaii es un estado más de los Estados Unidos y por tanto, la parte paradisiaca está relacionada con su naturaleza más que con el tipo de vida de la isla.

Desde Hawaii a Las Vegas, vía Los Angeles

Como hasta por la tarde no nos vendrían a buscar para ir al aeropuerto y coger nuestro vuelo de ida a Las Vegas con parada en Los Ángeles, aprovechamos la mañana en la piscina del hotel, disfrutando del último chapuzón en ese lugar increíble.

Este diario está contando offline años después (2016) y, al contrario que el resto, tiene más valor sentimental que de datos prácticos para el viajero (aunque si puede resultar inspirador), representando aquel "gran viaje" que todos tenemos y siendo posiblemente la gota final que llevó a una familia a ser Chavetas viajeros 😉

A eso del medio día cogimos un bus al centro de Honolulu para ir a comer y hacer unas compritas de última hora de unas camisas floreadas típicas hawaianas y alguna que otra cosilla de esas que luego siempre recuerdas

Comimos en un centro comercial la típica comida americana que por aquel entonces no estaba tan extendida en nuestro país y que como ya dije en varias ocasiones, no me gustaba demasiado, menos mal que nuestros días de hotel fueron bastante mejores en cuanto a comida que todo aquello que se ofrecía en el exterior, salvando la fruta, claro está, que era extraordinaria en toda la isla.

Pues bien, ese día fue un tanto de esperas porque hasta las nueve de la noche no nos vendrían a buscar, así que nos dieron en el hotel una habitación provisional para poder ducharnos y seguir disfrutando de la playa y las piscinas hasta la hora de la cena en un restaurante italiano del propio hotel.


A la hora convenida nos recogieron para ir al aeropuerto y coger el avión que nos llevaría a Las Vegas con escala en Los Ángeles, pero no fue un vuelo muy afortunado ya que, una vez embarcados, pasamos más de dos horas esperando a despegar y nadie nos daba una explicación. Al final dedujimos que había un problema en una de las puertas y eso nos impedía despegar. En fín que así pasamos dos horas bastante pesadas, pensando que perderíamos nuestro vuelo de enlace a Las Vegas, como así descubriríamos a nuestra llegada.

Por fin conseguimos despegar y volar de regreso hasta la Costa Oeste de Estados Unidos durante cinco horas que fueron interminables para los que no conseguimos dormir como yo. Nos daba una cierta nostalgia dejar atrás aquellas islas de colores limpios y sobrenaturales en medio del océano Pacífico a las que probablemente nunca volveríamos, porque ya se sabe que cuando se decide viajar sueles elegir sitios por descubrir en los que nunca se ha estado, sobre todo cuando son tan lejanos como éste. Tan solo se suelen repetir aquellos más asequibles en todos los sentidos.

Las Vegas a lo grande… !El Caesar Palace!

Tras múltiples carreras por el aeropuerto de Los Ángeles en busca de la terminal de donde partía nuestro vuelo a Las Vegas y, sin saber que camino llevaban nuestras maletas, ante semejante descontrol debido al enorme retraso de partida, al fin conseguimos embarcar y partir hacia nuestro nuevo destino. Una vez allí pudimos comprobar que nuestras maletitas habían llegado antes que nosotros y nos estaban esperando en un rinconcito de la sala de recogida de equipajes. Ante tanto retraso no nos esperaba nadie a nuestra llegada, cogimos un taxi hacía nuestro hotel que era ni más ni menos que uno de los hoteles más emblemáticos y antiguos de Las Vegas… !El Caesars Palace!!



Una vez en nuestra habitación nos esperaba un mensaje que nos comunicaba nuestra hora de recogida al día siguiente para sobrevolar hacía el “Gran Cañón” que era el objetivo fundamental por el que habíamos ido hasta allí.


Tras un breve descanso después de semejante nochecita volando y pateando terminales, decidimos explorar nuestro famoso hotel y comer alguna cosa en alguno de sus múltiples restaurantes.



Aquello era imponente. Un hotel tremendamente grande, temático y como no con un increíble casino, donde uno no podía saber si era de noche o de día, ya que la gente jugaba en sus salas de juego todo el santo día sin parar.

Estaban las múltiples máquinas tragaperras, las mesas de black Jack, las salas privadas de póker, los gigantescos bingos, etc. Todo era a una escala gigante, luego se encontraba su cine 360º, su centro comercial temático, decorado como si fuese la antigua Roma, con sus estatuas parlantes y en movimiento y su bóveda, donde amanecía y anochecía cada cierto tiempo.



Estuvimos recorriendo todo este ambiente singular parte de la tarde, aunque no fuimos capaces de explorar todo el grandioso hotel en el que estábamos por falta de tiempo. Todo era espectacular, pero nuestros dos días allí, no nos permitían llegar a recorrer todo aquello. Alucinante era todo aquel mundo fantástico desconocido hasta entonces para nosotros.



Y llegó el momento en que salimos por una de las puertas del hotel y aun quedamos más estupefactos al comprobar que toda esa fría ciudad construida en medio del desierto que contemplamos en nuestro recorrido hacia el hotel aquel mismo mediodía se había convertido en un decorado colorido y lleno de luces de neón destelleantes lleno de vida, de una vida un tanto particular en la que todo giraba alrededor de los casinos y el juego, así como del espectáculo que era la calle en si misma.




Recorrimos durante un rato aquellas vías que circundaban el hotel contemplando boquiabiertos cuanto nos rodeaba, incluído un volcán artificial a la entrada del Mirage.



La verdad es que estábamos tan cansados que fue imposible continuar el recorrido y Miriam que por aquel entonces tenía tan solo 11 años y no paraba de decirnos que quería dormir, que estaba agotada, decidimos concluir el día para madrugar al día siguiente en lo que era nuestro gran objetivo, sobrevolar el “Gran Cañón” y como no, pasear junto a sus enormes precipicios.

Concluía un día en el que nuestras retinas debían asimilar tanta cosa diversa y desconocida hasta entonces para nosotros Todas las fotos son propias -escaneadas de aquellos carretes analógicos- excepto algunas utilizadas como recursos del banco de datos al que estamos suscritos de Shuttershock.


Mª Carmen (y la familia Chavetas)

Pin
Send
Share
Send